Alambradas

El día que marché al frente mi madre estuvo a mi lado. Quiso darme un abrazo, claro, pero no pude corresponderla. Ella, dolida por mi inevitable rechazo, estuvo pendiente de cada uno de mis movimientos, como si al hacerlo pudiera grabarlos para siempre en su memoria y así lograr que mis recuerdos impregnaran la casa. Mi padre no me prestó atención. Unido a sus muletas, paseaba de aquí a allá, recorría el salón de nuestra pequeña casa como si fuera el escenario de un premio deportivo, apartando allí una silla, rodeando allá el sofá. Se movía con mucha habilidad con aquellas extensiones de madera que él mismo había fabricado. Fantaseaba con la idea de mutilarse, de amputarse una pierna a la altura de la rodilla, como algunas madres hacían a sus hijos, asegurándoles de esa forma una carrera de funcionario lejos de la muerte, de las armas, del cambio. Fantaseaba con lograr un ascenso si reunía el valor suficiente para cortar justo debajo de la rótula. Mi padre jamás comprendería qué me había llevado a decidir marcharme al frente. Él era un egoísta, un incapaz. Nunca entendería a un patriota.

Vi llorar a mi madre, rota de dolor, desde la parte de atrás del camión que nos transportaba a las líneas enemigas. Quise compartir su dolor, llorar como ella hacía, pero era algo que también me estaba vedado. Así que me limité a contemplarla allí, en mitad de la plaza del pueblo, sola, llorando mi ausencia como lloró en su momento la de mi hermano, mientras el camión se alejaba y nos conducía hasta el horror de la Gran Guerra.

Compartía viaje con otros tres soldados, modificados como yo. Se sentaban frente a mí dos Trincheras, y a mi lado un Bayoneta, de los de arma afilada por brazo y mirada huidiza. Los Trincheras ocultaban sus rostros tras el descomunal motor oxidado que les servía de máscara. Las hélices de acero que brotaban del eje, de casi medio metro de largo, rozaban el techo del vehículo e incomodaban cada uno de sus movimientos. Permanecían en silencio, con las manos cruzadas sobre el regazo. Yo no sabía si en realidad podían hablar, nunca había visto a uno de ellos tan de cerca. Los recordaba de los papeles del periódico, donde fotos del frente mostraban a muchos de ellos trabajando en la tierra, horadándola para formar los túneles que nos servirían de refugio frente al enemigo. Aquí, tan cerca, sus rostros desaparecían en un agujero oscuro recubierto de orín, una fosa que no permitía discernir ni un solo rasgo de humanidad que hubiera pervivido tras la modificación.

—¿Un cigarrillo? —me dijo el Bayoneta, y le respondí que no, pues pensé que me lo ofrecía.

En realidad lo pedía, y mi gesto le hizo sentirse incómodo. Bajó la mirada, rebuscó con su mano desarmada en imaginarios bolsillos en su uniforme sin resultado. El rugido del motor del camión me mantenía despierto, pero lo único que quería era cerrar los ojos y llegar allí donde tuviera que ir. A luchar contra el enemigo. A ganar una guerra que no era la mía. A morir, como mi hermano. Poco a poco la tensión del día me venció. Poco a poco dejé que me ganara el sueño.

Y soñé.

Soñé con soldados alemanes, los rostros cubiertos por máscaras de gas de las que brotaban tubos que se hundían en sus torsos. Soñé con carros blindados con rostros humanos, con zeppelines tripulados por hombres sin rostro que bombardeaban nuestro pequeño pueblo. Y soñé con mi padre, mutilado, arrastrándose por la plaza del pueblo mientras mi hermano, unido a los restos del biplano que formaba parte inseparable de su cuerpo, reía a carcajadas y lloraba sangre.

Desperté sobresaltado. Sudaba. Me asomé al exterior del camión para sentir la brisa en el rostro. Y los vi allá arriba, tan cerca, tan lejos. Tan majestuosos. Biplanos. Hombres unidos a plataformas de tela de lino por alambres de acero sobrevolaban los campos de batalla, primero en misiones de reconocimiento aéreo, después en labores de bombardeo. Cuando bajamos del camión ya había anochecido, pero un puñado de ellos revoloteaba sobre nuestras cabezas, recortados contra la luna llena. Mi hermano había sido uno de ellos hasta que uno de aquellos alemanes le había derribado. Todavía recordaba los fragmentos de su cuerpo modificado, quebrado como la madera que recubría gran parte de sus miembros, cuando nos entregaron su cuerpo.

El camión se había detenido junto a un pequeño puesto avanzado, apenas unos sacos de tierra mal amontonados y una garita que cubría la entrada a la zona de intendencia de las trincheras. Más allá podíamos intuir el frente, ese territorio baldío que separaba nuestras dos pequeñas ciudades subterráneas, paraíso de ratas y de seres abandonados a su suerte. Saludé alzando la mano al hombre que se acercó hasta nosotros. Tenía rango de teniente y probablemente tuviera mi edad.

—Bienvenidos al frente, muchachos. Encantado de veros —dijo, pero sus ojos contradecían sus palabras.

Nos miraba como la joven que entra en la caseta de la feria con su novio, arrastrada al interior oscuro y maloliente, aterrada ante la expectativa de contemplar algún horror de la naturaleza. Y sus pupilas se dilataron aún más cuando me vio frente a él.

—Hijo, ¿cuánto pesas? —me preguntó.

Yo estaba desnudo frente a él. Frente a todos en realidad. Mi piel había sido modificada para soportar el frío y la planta de mis pies había sido alterada para no sentir la humedad del barro que estábamos pisando. No querían perder el trabajo de dos años por unos malditos pies de trinchera, claro que no. Así que mi presunta fragilidad, necesaria para ser ubicado correctamente, era sólo eso, presunta. No necesitaba su compasión, ni siquiera su cariño. Necesitaba que me dejara formar parte del frente, que me permitiera ganarme mi sueldo. A pesar de eso le hablé con respeto, pues era un teniente, probablemente el mío.

—Treinta y dos kilos, señor.

Y el teniente asintió, se quitó la gorra y se pasó la mano por la frente.

—Muy bien. Muy bien. Nos vamos a repartir. Hijo, ve con el sargento. Hay otro como tú esperando con él. Os llevará hasta vuestros puestos. Los Trincheras, por favor, seguidme. Y tú también.

Señaló al bayoneta que, cabizbajo, fue tras él. Estaba empezando a llover. Caminé detrás de un sargento de asalto, de los de cabeza blindada y aspilleras por ojos. No hablaba mucho, claro, pues su rostro había sufrido tantas alteraciones que su boca apenas era una rendija mal trazada, una necesidad que no había podido ser suprimida para permitir su alimentación. Me indicó por gestos el camino. La lluvia recrudecía y las paredes de las trincheras se deshacían como el pan de centeno. Mientras el barro me empapaba pasé junto a hombres, modificados o no, que me miraron con repugnancia y respeto. Para todos ellos nosotros éramos nuevos, diferentes. Constituíamos la sorpresa, lo que los alemanes no podían esperar. Éramos la Alambrada.

El laberinto subterráneo me confundía. Apenas podía mantener el ritmo del sargento. A cada paso que daba mis pies se hundían en el barro, tropezaban con ratas, vivas y muertas. La lluvia era ahora tormenta. La noche era oscuridad. Perfecto. El sargento alzó una mano, nos detuvimos. Y allí estaba mi compañero. Para cualquier otro habría pasado desapercibido, pero yo podía descubrir en esa contorsión imposible del alambre de espino el cuerpo del hombre con el que pronto estrecharía las manos.

Me despedí del sargento, subí por una pequeña escalera de madera hasta el exterior. Sentí miedo, claro. Pánico. Podrían dispararme en aquel mismo instante y no podría hacer nada para evitarlo. Pero nada ocurrió. Era noche cerrada. Llovía. Y todos sabíamos que esas eran las noches en las que las tropas avanzaban y en las que las guerras de trincheras se enfangaban de sangre.

—Hola —dijo la otra Alambrada.

—Hola —susurré yo.

Estreché su mano. Coloqué mi cuerpo en una posición imposible para otro ser humano. Ya éramos ambos Alambrada. Ya formábamos parte de ella. Sentí el alambre de espino de mi compañero hundiéndose en la piel de la palma de mi mano. Sentí el dolor, un dolor que me mantendría alerta, que me mantendría despierto. Porque ellos vendrían esta noche. Avanzarían al amparo de la oscuridad, de la lluvia. Y allí estaríamos nosotros, esperando.

Esperando para darles un abrazo.

Datos del relato

  • Autor: Santiago Eximeno
  • Título: Alambradas
  • Tema: Terror
  • Nº de palabras: 1370
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